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The tourist (The Tourist, 2010)

Tiene que haber mejores formas de comenzar el año, en serio. Uno se espera que cuando se unen intérpretes de reconocido prestigio con un reciente ganador del Oscar a mejor película extranjera, el resultado ha de ser algo interesante. De nuevo, se demuestra que en el cine, el todo poco tiene que ver con la suma de sus partes.



La cosa comienza con una Interpol muy pendiente de la elegante Elise (Angelina Jolie), única persona capaz de contactar con Alexander Pierce, perseguido por evasión de impuestos. Para poder despistarles, el plan es sencillo: un señuelo. Elise elegirá a un turista que va a Venecia, Frank Tupelo (Johnny Depp), que acabará en el punto de mira de las fuerzas del orden y de paso, de los mafiosetes a los que Pierce robó.


Como ven, tenemos los ingredientes típicos de las películas clásicas de intriga, donde las sorpresas y los giros de guión están a la orden del día. Pero la realidad es que ocurre todo lo contrario: la verdadera sorpresa es que hay menos sorpresas que en el discurso navideño del Rey. Ni una. Ni debajo de la alfombra. Al menos, agradables.


Sin una trama interesante de por medio, pues, no queda más remedio que buscar otras cosas. Si hubiese, claro. ¿La acción? Muy floja. No se sabe si por falta de maña rodando las escenas o porque la pólvora está muy cara en Venecia. ¿La química entre los protagonistas? Tanta como la que habría entre un manatí y un koala. La Jolie, que en The Tourist calculo que pesará unos 45 kilos tirando por alto y que cuando no lleva guantes se le ven unas manos que matarían del susto a Freddy Krueger, no parece estar para moverse demasiado de cuello para abajo, y a Depp no se le ve tampoco con muchas ganas de tocarla. Algo falla aquí. Por cierto, tampoco ayuda que los perseguidores sean tan torpes y tan incapaces que rara vez parezca que Elise o Frank corran verdadero peligro, más allá de que a Depp se le meta un pelo en la boca o la Jolie acabe de romperse por la cintura.


Pero lo que arruina de verdad la película son los momentos ridículos que la pueblan de cabo a rabo. Desde ciertas secuencias vitales para la trama (la forma de entablar conversación de Frank y Elise) hasta la cámara lenta cuando alguno de los personajes simplemente camina, pasando por el final (atención a la conversación entre Paul Bettany y Rufus Sewell, que resume el esperpento perpetrado), es difícil tomarse en serio algo de lo que pasa. ¿De verdad es creíble que cientos de personas en un baile se giren a la vez porque la Jolie acaba de entrar por la puerta? De ser así, me imagino que si se rueda algún día la secuela de Bienvenido mister Marshall, tendrá lugar en Venecia.


Sólo les merecerá la pena si tienen interés en ver una Venecia que, aunque en persona a mí no me gustó demasiado, en The Tourist sale francamente hermosa. Lo demás es tan soso, aburrido y a ratos absurdo que ni comprobar que Timothy Dalton sigue vivo y coleando compensa. Y ya que empezamos año y estamos aún con los buenos deseos, Angie, de verdad, come algo de vez en cuando. Te sentirás mejor.

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