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Los viajes de Gulliver (Gulliver’s Travels, 2010)

Vuelve Jack Black a la comedia repitiendo un papel en el que se siente especialmente cómodo: el de niño grande, algo gamberrete, de alma rockera y decididamente friki. Esta vez, no obstante, lo hace bajo el nombre de un clásico de la literatura universal, modificado convenientemente como la ocasión requiere.


Lemuel Gulliver (Jack Black) lleva varios años como repartidor de correo en una revista de viajes. Decidido a cambiar su destino, se ofrece a ir al Triángulo de las Bermudas como redactor para impresionar a su amada Darcy (Amanda Peet). Sin embargo, una tormenta acabará llevando su barco a un reino poblado por gente diminuta, Lilliput, donde tendrá la oportunidad de ser alguien importante por primera vez en su vida.


Black es lo que solemos llamar un cómico “físico”, de aquellos cuyo cuerpo es su mejor aliado para provocar la hilaridad del respetable, y en esta enésima revisitación de la obra de Jonathan Swift vuelve a transitar por los mismos caminos que domina sin esfuerzo. Así, veremos a un Gulliver al que le da lo mismo interpretar a Prince que a Frankie goes to Hollywood, que baila hasta que se disloca, y que juega al Guitar Hero con Kiss blefusianos incluidos.


Que el guión no es un aspecto especialmente cuidado no debería sorprender demasiado a nadie, y salvo las cabriolas de Black y el adecuado surrealismo del antagonista de la función, el general Edward (Chris O’Dowd) no hay prácticamente nada que echarse a la boca. Eso sí, como casi siempre, los papeles femeninos son los peor parados de todos, y las pobres Emily Blunt y Amanda Peet han de conformarse con ser unos (hermosos, eso sí) floreros.


Así pues, los momentos más divertidos corren a cargo de las parodias a películas o canciones, pero es inevitable sentir que el intento de hacer una comedia para todos los públicos lastra en exceso las posibilidades del invento, desprovisto por completo de la mala leche que se antoja necesaria en un producto de estas características. Si encima añadimos unos FX que varían entre lo regulero y lo lamentable, parece evidente que Los viajes de Gulliver no busca más que ganar unos cuantos euros a costa del público menos exigente. Que por cierto, no tiene por qué ser el más “pequeño”…

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