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Cargo

En un futuro próximo la tierra se ha vuelto inhabitable. Una gran compañía se encarga de transportar a los que pueden pagar el billete a Rhea, una colonia espacial en la que se han conseguido reconstruir las mismas condiciones de vida que en nuestro viejo planeta. Estos viajes, sin embargo, se están volviendo cada vez más peligrosos por los ataques de un grupo terrorista; de ahí que el gobierno obligue a que en cada vuelo vaya un oficial para garantizar la seguridad.
Como el viaje a Rhea es caro, Laura (Anna-Katharina Schwabro) se enrola en un vuelo de carga como médico para conseguir el dinero y poder encontrarse con su hermana en la colonia. El vuelo consiste en transportar material para intentar construir otra colonia y, para garantizar igualmente la seguridad, cuenta con un delegado del gobierno, Samuel Decker (Martin Rapold). Son varios años de viaje, de manera que la tripulación va ibernando. Por turnos, cada uno pasa despierto un tiempo, controlando que todo vaya bien. En el turno de Laura, la médico descubre que no van solos en la nave…


Quizás, pueda abrumar toda esta cantidad de información para contar el argumento de una película. A lo mejor, efectivamente, es excesivo, y una vez vista, convenga hacer repaso para ver si todo era realmente importante. Pero lo cierto es que el arranque de la película es un poco desconcertante y parece que uno nunca llega a entender bien del todo la situación de partida, motivo por el que prefiero comenzar contando, lo mejor que puedo, la misma. Porque la película en sí es lo que sucede en ese vuelo de cargo en el que se ha enrolado Laura, la protagonista. Comparte espacio con un oficial de la compañía, Samuel Decker, capitán y subcapitán del vuelo, Anna Lindberg (Regula Grauviller), una informática y dos técnicos.


Lo primero que acaba llamando la atención es la nave. El diseño de la misma es una pasada. Basta de una ciencia ficción reluciente: las naves se degradadan, como toda la tecnología, y eso es algo que sabemos perfectamente en estos tiempos en los que un ordenador portátil comienza a quedarse obsoleto a los dos o tres años de vida. Y lo mismo que cualquier otro medio de transporte. ¿Cuántas veces te has descubierto viajando en un tren que es una auténtica tartana?


Todo el diseño de la película está orientado en esta dirección: los trajes espaciales son grandes, incómodos y tiene fallos por lo viejo; las puertas que comunican unas secciones de la nave con otras se atascan y no cierran bien, y acabas teniendo la sensación, como parece lógico pensar, que el volumen dedicado a motores, turbinas y demás (en definitiva, el espacio dedicado a que ese armatoste pueda volar) es mucho mayor que el habitable.


Los efectos especiales son muy decentes (como dice un comentario de IMDB, los CGI parecen 2D y no 3D), y gran parte de la película se sustenta en la fascinación, vieja y ancestral, de contemplar de un modo realista cómo sería un vuelo de una distancia de años luz.


Lo sofisticado y bien recreado del ambiente mecánico no tiene una relación de igual a igual, sin embargo, con el elemento humano y la historia. Decir que la doctora Laura Portman o el oficial Samuel Decker son esquemáticos y básicos sería ser generoso con el diseño de los mismos. Las miradas, los silencios abundantes, quizás pretendan ser profundos, pero son innecesarios y vacíos. La primera impresión que te llevas de ellos es la correcta, son lo que aparentan, y ninguno tiene un mal recoveco que sorprenda. Con la historia sucede exactamente lo mismo: la sorpresa es que no hay sorpresas. La identidad del supuesto “intruso” en la nave es la que uno se huele desde el comienzo, las verdaderas intenciones de los protagonistas están demasiado a la vista, y cuando la verdadera historia sale a la luz, resulta tan gratuita e increíble, que no queda más remedio que mirarla desde afuera, sin ningún tipo de implicación y emoción.


“Cargo” se inscribe dentro de la corriente del futuro distópico: grandes corporaciones o estados que controlan al pueblo desde la fachada del bien. Es un caldo de cultivo interesante y que no ha pasado de moda, y más teniendo en cuenta la situación actual (una crisis financiera de la que sacan tajadas los paises menos afectados por la misma). Sin embargo, lo que podría haber sido crítica feroz y mordaz se queda en algo plano, superficial y, lamentablemente, inocente. Como se apuntaba al comienzo, no eran necesarias tantas explicaciones ni un planteamiento tan complicado para llegar a la conclusión final (supongo que eso explica que haya cinco guionistas firmando el proyecto: alguien le ha dado demasiadas vueltas a esta historia). Y, sobre todo, lo que más perjudica al conjunto es el esquematismo del mismo. Puede que las líneas maestras trazadas sean acertadas o pudieran dar de sí, pero están tan desnudas, tan desposeídas de alma, que es como intentar ver en los cimientos de un edificio una obra maestra de la arquitectura.



Lo mejor: Toda la parte técnica.


Lo peor: Personajes e historia son bastante esquemáticos y simples.

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