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‘El último mohicano’, la épica de lo salvaje

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avatar Adrián Massanet 4 de enero de 2011

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“Magua entiende que el hombre blanco es un perro para su mujer. Cuando ellas quieren comer, él pone su tomahawk al servicio de su pereza”

– Magua (Wes Studi) en idioma hurón

Michael Mann es actualmente un director admirado por ciertos sectores de la crítica y el público, como un hombre capaz de aunar espectacularidad, densidad conceptual y gusto por los grandes géneros o las grandes historias americanas. Personalmente, no comparto dicha admiración, pues su cine me parece, las más de las veces, epidérmico y autocomplaciente, y de la casi docena de películas que ha dirigido, la gran mayoría me deja absolutamente frío. Mann, creo yo, tiene más perfil de productor que de director, y aunque nadie le puede negar su profundo conocimiento del medio y su gran capacidad de trabajo, yo jamás le consideraría un cineasta de referencia, ni en el cine de acción, ni en sus temas, ni en sus obsesiones. Pero como ya hemos dicho otras veces, el cine es muy curioso, y directores de carreras irregulares cuentan en su filmografía con alguna que otra joya que nada tiene que ver con el resto de su obra.

‘El último mohicano’ (‘The Last of the Mohicans’, 1992) es, para quien esto firma, la película más redonda de Michael Mann, con muchísima diferencia. La hizo seis años después de su última película como director, en uno de sus paréntesis televisivos (Mann es un nombre muy importante en la televisión estadounidense), y su vuelta no pudo ser más grata y más estimulante. A medio camino entre el filme histórico, la película de aventuras y un pre-western, Mann filma con notable destreza esta adaptación homónima (que no es la primera en el cine americano) del original de James Fenimore Cooper, publicada en 1826, y una historia situada en la Guerra de los Siete Años, con las potencias que eran Gran Bretaña y Francia enfrentadas por el control de las colonias norteamericanas, en 1757. Es decir, mucho antes de la Declaración de Independencia de 1776. Un crisol de aventuras que se nutre la de épica de lo salvaje como verdadera leyenda americana.

Lo primero que llama poderosamente la atención en ‘El último mohicano’ es su cuidadísimo aspecto visual y sonoro, y la magnífica reconstrucción histórica de la que es objeto. Verdadera superproducción que echa mano de todo el poderío de Hollywood para hacerse realidad, pero que a la hora de la épica, se vale sobre todo de una puesta en escena rebosante de fuerza y de buen gusto. El encargado de hacer revivir ese tiempo pasado fue el diseñador de producción Wolf Kroeger, que ya había hecho maravillas en ‘Lady Halcón’ (‘Ladyhawke’, Richard Donner, 1985), y que cuidaría hasta el mínimo detalle varias culturas, como la europea, la iroquesa, la hurón, la mohicana… y debería reconstruir el fuerte William Henry, y de encontrar los maravillosos bosques y montañas de Carolina del Norte para aparentar lo que en verdad eran los bosques del norte de Nueva York. El operador Dante Spinotti, que colaboraría en el futuro con Mann en varios títulos, realiza uno de los mejores trabajos de su carrera, con una magnífica utilización del scope para extraer de los maravillosos escenarios toda su belleza, y con un uso muy fluido de la cámara.

Dentro de esta historia, como en todos los grandes relatos de aventuras, laten varias historias. Por un lado la historia global, la del futuro de un país que está gestándose, en una fase muy primaria, claro. Por otro lado, la de unas etnias en decadencia prematura, las nativas. Y por otro una historia de amor que atraviesa las otras dos como un estallido incontenible: una bella y refinada mujer, hija del coronel Munro, se enamora del hijo blanco de un mohicano, por nombre Nathaniel Poe, pero al que llaman Ojo de Halcón (Hawkeye). Es mérito del guionista Christopher Crowe, y del propio Mann, que firma el libreto al alimón con él, equilibrar perfectamente cada uno de estos planos narrativos, sin que ninguno de ellos fagocite al otro, o lo desestabilice. Pero lo más interesante, al menos para mí, de ‘El último mohicano’, es su condición de cine ultra-romántico y ultra-violento, cine catártico, en el que las emociones de amor, deseo y odio vesánico se muestran en su más alta pureza, y terminan confudiéndose entre sí, como si el odio no fuera más que un amor retorcido y el deseo una mezcla de odio y de amor.

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Este filme sigue a la novela casi punto por punto en el aspecto externo, aunque mejora mucho las relaciones interpersonales. Las hace más ricas y más ambiguas, mientras que el tema de la superioridad, física y moral, de los nativos frente a los hombres civilizados, está expuesto de forma admirable y llega más lejos, es más nítido, que en la novela de Fenimore. En ese contexto, brilla con energía casi mitológica el precioso personaje de Ojo de Halcón, interpretado por uno de los mejores actores vivos, el británico Daniel Day-Lewis, al que ya hemos dedicado grandes elogios en este blog. Es muy difícil encontrar un actor actual con el atractivo, el carisma en pantalla, y la fuerza de Day-Lewis, que llevaba tres años sin participar en una película, concretamente desde su oscarizado papel en la conmovedora ‘Mi pie izquierdo’ (‘My Left Foot: The Story of Christy Brown’, Jim Sheridan, 1989). Y es imposible no creérselo como el hijo adoptivo del último mohicano. A su lado, la siempre sensual Madeleine Stowe está eestupenda a pesar de lo corto de su papel. Wes Studi, por su parte, es el Magua más feroz que quepa imaginar.

Russell Means, que debutaría en el cine con su papel de Chingachgook, un activista tenaz por los derechos de los nativos americanos, es el perfecto contrapunto a Magua, sin llegar a caer en el falso mito del buen salvaje. Es apasionante el modo en que Mann opone las astucias y destrezas de ambos contendientes, Magua y Chingachgook, en su lucha por alcanzar sus objetivos, en un crescendo que sube más y más hasta el bestial, y catártico clímax final, de un paroxismo sensorial y anímico muy notable. Pero antes hay muchas secuencias completamente hermosas y emocionantes: el largo sitio al fuerte, la melancólica rendición final, la descarnada emboscada en el bosque, la huida con las canoas río abajo, la impresionante secuencia de la cascada con su romántico final. Mann cuenta todo esto a lo grande, a lo Ford, a lo Walsh, completamente enamorado de la historia que está contando y de su oficio de narrador, sabiendo que está rodeado de un magnífico equipo de profesionales, entregándose a la leyenda.

‘El último mohicano’ es, seguramente, una de las películas de aventuras más famosas de los últimos veinte años. Su música ha sido utilizada hasta el hartazgo, sobre todo el tema principal, que no fue creado para la película. En realidad es una versión del tema ‘The Gael’, de Dougie MacLean, incluido en su álbum ‘The Search’. Ahora, la adaptación de ese tema a cargo de Trevor Jones, es uno de los que cualquiera puede identificar a las pocas notas. La película ganó un muy meritorio Oscar al mejor sonido, que es realmente formidable, aunque no optó a ningún premio importante. Era el año de un western mucho más puro, situado más de cien años después de estos acontecimientos, el genial ‘Sin Perdón’ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992). ‘El último mohicano’ conoció bastante éxito y una recepción mayormente positiva, y evidencia que el gran cine de aventuras es todavía posible, dentro de la basura infantiloide que nos llega todos los años. Mi imagen favorita es la de Ojo de Halcón entrando en el poblado Mohawk, recibiendo insultos y golpes por todos lados, pero levantándose y continuando a pesar de todo, para hablar con el jefe Mohawk. Sólo Day-Lewis puede hacer eso y quedar creíble.

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criticas


John McTiernan: ‘El último gran héroe’


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‘El último gran héroe’ (‘Last Action Hero’, John McTiernan, 1993) fue un rotundo fracaso cuando se estrenó en los cines yanquis una semana después del estreno de ‘Parque jurásico’ (‘Jurassic Park’, Steven Spielberg, 1993), cinta que arrasó en el planeta entero y cuyo riesgo de batacazo era mínimo en comparación con el trabajo de McTiernan. Los dinosaurios del Rey Midas eclipsaron sin dificultad alguna al musculoso Arnold Schwarzenegger, que en esta película demostraba su peculiar sentido del humor al reírse de sí mismo como nunca lo había hecho. El público pareció no entender el arriesgado ejercicio de metalingüismo protagonizado por el actor austriaco, y que servía en bandeja a McTiernan la posibilidad de homenajear/parodiar un tipo de cine —injustamente infravalorado, nunca me cansaré de decirlo— que él mismo había revolucionado con cintas como la magistral ‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’, 1988).


Aún a día de hoy, casi 20 años después de su estreno, parece que sigue sin entenderse qué es ‘El último gran héroe’, y un servidor lo ha comprobado en su reciente revisado, cuando mi acompañante me espetaba, a los dos minutos del inicio, un sincero “¿y tú crees que esta película me va a gustar?”. Si uno no sabe muy bien de qué va la película, es muy probable que en sus primeros minutos se sienta la necesidad casi imperiosa de dejar de verla, pues sus imágenes retrotraen hacia el peor cine de acción, al que el propio Schwarzenegger interpretó en films de dudosa calidad como ‘Commando’ (id, Mark L. Lester, 1985) o ‘Perseguido’ (‘The Running Man’, Paul Michael Glaser, 1987). Hay que esperar un poco para comprobar que todo se trata de una grandísima broma cinéfila.


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De esta forma me llama poderosamente la atención que una de las reglas fundamentales a la hora de ver cine, esto es, saber lo mínimo posible sobre el film en cuestión con el propósito de dejarse sorprender por el mismo, paradójicamente juega en contra de la película. Mucha gente no ha visto, o no quiere ver, ‘El último gran héroe’ porque creen que se trata del típico producto de acción lleno de explosiones, tiros y persecuciones, amén de otra oda al machismo. Pero en realidad lo que hace McTiernan es reírse de todo eso, mostrando de forma exagerada todos los clichés y tópicos del género. En un principio la película estaba destinada a ser dirigida por nada y nada menos que Steven Spìelberg —no en vano, en la película se le rinde homenaje a su film más popular—, quien rechazó la oferta en beneficio de ‘La lista de Schindler’ (‘Schindler´s List’, 1993), decisión con la que evidentemente salimos ganando todos.


La historia, obra de Zak Penn y Adam Leff, no fue del agrado de casi nadie, incluido Arnold Schwarzenegger, quien sugirió cambios en el guión, sobre todo en la parte final para reforzar los lazos de amistad entre los dos personajes centrales. Por eso mismo se echó mano de los guionistas Shane Black y David Arnott, que pulieron la historia, cargando las tintas en los aspectos humorísticos. Y he ahí el que considero el mayor problema de la película, su excesivo humor, tanto que en todo momento no existe otra sensación que la de la ridiculez por cuanto se está parodiando continuamente el cine de acción con autohomenajes del propio director a su cine. No estamos ante el mismo tipo de película que es por ejemplo, ‘La rosa púrpura del Cairo’ (‘The Purple Rose of Cairo’, Woody Allen, 1985), en la que se propone algo parecido.


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Mientras en el trabajo de Allen se parte de la modestia y se realiza un canto a la cinefilia de lo más sentido, con su parte melodramática y todo, ‘El último gran héroe’ es un continuo chiste que no siempre está a la altura de lo planteado. Pero el error no está en la labor de McTiernan, quien siempre se muestra seguro en la puesta en escena, sino en el guión en el que se cae demasiadas veces en lo banal y zafio, alargando demasiado las situaciones como si los responsables estuviesen enamorados del material que tienen entre manos. Por supuesto hay chistes geniales, todos aquellos que hacen referencia a los “fallos” del cine de acción, y los intencionados errores que posee el film en cuestión, como todos los fallos de racord que hay, o los múltiples homenajes que hay al cine en general. Desde un Humphrey Bogart digitalizado, algo que parece profético, hasta el cartel de ‘Terminator 2’ en un videoclub, o la mismísima muerte, interpretada por Ian McKellen, salida de uno de los mejores films de Ingmar Bergman, hasta la presencia de F. Murray Abraham en el reparto, lo cual hace sospechar a Danny (Austin O´Brien) de que es el topo infiltrado en la policía, pues al fin y al cabo él mató a Mozart.


Aunque pueda dar la sensación de que ‘El último gran héroe’ no posee los elementos más característicos del cine de McTiernan más allá de su excelente planificación y puesta en escena, no es así. Muy sutilmente la vuelta al primitivismo vuelve a hacer acto de presencia en su cine, una de sus señas de identidad, pero esta vez riza el rizo de forma muy inteligente. Realidad y ficción se entremezclan en la película. Los Ángeles representa la espectacularidad de Hollywood, siempre lleno de tías buenas y todos los teléfonos empiezan por 555, mientras que Nueva York, con su oscuridad, suciedad y lluvia, representa la realidad. El más grande héroe de ficción dentro de la ficción, Jack Slater, invencible en todos los aspectos, tendrá que viajar al mundo real —la idea de que la puerta entre los dos mundos proviene del poder de una entrada de cine que perteneció a Houdini es simplemente genial, por coherente— donde no hay explosiones espectaculares, los malos suelen vencer, la policía no aparece enseguida, y si se revienta la ventanilla de un coche con el puño, éste termina doliendo. Slater ha de despojarse de todo aquello que le hace fuerte, la imaginación de un guionista, para vencer a lo que más teme.


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Con sus fallos y sus virtudes, ‘El último gran héroe’ es una digna película que rinde tributo en forma de comedia, de otra forma no podría ser, a un tipo de cine que avivó muchas horas de nuestra adolescencia. Con una perfecta química entre un jovencito Austin O´Brien, del que poco más se supo, y Arnold Schwarzenegger, que consciente de sus limitaciones como actor, se presta a una parodia doble, la de su imagen en el cine y su imagen pública, se ofrece la más original de las buddymovies del cine actual —lógico, teniendo en cuenta la presencia de Shane Black en los créditos—, y se muestra un gran cariño y respeto hacia el cine en general, incluido el negocio de exhibición, con la inolvidable presencia, que sabe a poco, de un entrañable Robert Prosky, en el papel de proyeccionista. Se propone además la idea de que la fantasía debe continuar más allá de la tiranía de los guionistas, dejando la puerta abierta que une realidad y ficción.


El rotundo fracaso de la película, que con los años ha ido ganando adeptos, hizo que John McTiernan reconsiderase volver al personaje que le había lanzado a la cima de los directores de cine de acción, y siguiendo una de las máximas del gran Cecil B. DeMille, lo hizo a lo grande.


‘El último mohicano’, la épica de lo salvaje

Michael Mann es actualmente un director admirado por ciertos sectores de la crítica y el público, como un hombre capaz de aunar espectacularidad, densidad conceptual y gusto por los grandes géneros o las grandes historias americanas. Personalmente, no comparto dicha admiración, pues su cine me parece, las más de las veces, epidérmico y autocomplaciente, y de la casi docena de películas que ha dirigido, la gran mayoría me deja absolutamente frío. Mann, creo yo, tiene más perfil de productor que de director, y aunque nadie le puede negar su profundo conocimiento del medio y su gran capacidad de trabajo, yo jamás le consideraría un cineasta de referencia, ni en el cine de acción, ni en sus temas, ni en sus obsesiones. Pero como ya hemos dicho otras veces, el cine es muy curioso, y directores de carreras irregulares cuentan en su filmografía con alguna que otra joya que nada tiene que ver con el resto de su obra.


‘El último mohicano’ (‘The Last of the Mohicans’, 1992) es, para quien esto firma, la película más redonda de Michael Mann, con muchísima diferencia. La hizo seis años después de su última película como director, en uno de sus paréntesis televisivos (Mann es un nombre muy importante en la televisión estadounidense), y su vuelta no pudo ser más grata y más estimulante. A medio camino entre el filme histórico, la película de aventuras y un pre-western, Mann filma con notable destreza esta adaptación homónima (que no es la primera en el cine americano) del original de James Fenimore Cooper, publicada en 1826, y una historia situada en la Guerra de los Siete Años, con las potencias que eran Gran Bretaña y Francia enfrentadas por el control de las colonias norteamericanas, en 1757. Es decir, mucho antes de la Declaración de Independencia de 1776. Un crisol de aventuras que se nutre la de épica de lo salvaje como verdadera leyenda americana.


Lo primero que llama poderosamente la atención en ‘El último mohicano’ es su cuidadísimo aspecto visual y sonoro, y la magnífica reconstrucción histórica de la que es objeto. Verdadera superproducción que echa mano de todo el poderío de Hollywood para hacerse realidad, pero que a la hora de la épica, se vale sobre todo de una puesta en escena rebosante de fuerza y de buen gusto. El encargado de hacer revivir ese tiempo pasado fue el diseñador de producción Wolf Kroeger, que ya había hecho maravillas en ‘Lady Halcón’ (‘Ladyhawke’, Richard Donner, 1985), y que cuidaría hasta el mínimo detalle varias culturas, como la europea, la iroquesa, la hurón, la mohicana… y debería reconstruir el fuerte William Henry, y de encontrar los maravillosos bosques y montañas de Carolina del Norte para aparentar lo que en verdad eran los bosques del norte de Nueva York. El operador Dante Spinotti, que colaboraría en el futuro con Mann en varios títulos, realiza uno de los mejores trabajos de su carrera, con una magnífica utilización del scope para extraer de los maravillosos escenarios toda su belleza, y con un uso muy fluido de la cámara.


Dentro de esta historia, como en todos los grandes relatos de aventuras, laten varias historias. Por un lado la historia global, la del futuro de un país que está gestándose, en una fase muy primaria, claro. Por otro lado, la de unas etnias en decadencia prematura, las nativas. Y por otro una historia de amor que atraviesa las otras dos como un estallido incontenible: una bella y refinada mujer, hija del coronel Munro, se enamora del hijo blanco de un mohicano, por nombre Nathaniel Poe, pero al que llaman Ojo de Halcón (Hawkeye). Es mérito del guionista Christopher Crowe, y del propio Mann, que firma el libreto al alimón con él, equilibrar perfectamente cada uno de estos planos narrativos, sin que ninguno de ellos fagocite al otro, o lo desestabilice. Pero lo más interesante, al menos para mí, de ‘El último mohicano’, es su condición de cine ultra-romántico y ultra-violento, cine catártico, en el que las emociones de amor, deseo y odio vesánico se muestran en su más alta pureza, y terminan confudiéndose entre sí, como si el odio no fuera más que un amor retorcido y el deseo una mezcla de odio y de amor.


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Este filme sigue a la novela casi punto por punto en el aspecto externo, aunque mejora mucho las relaciones interpersonales. Las hace más ricas y más ambiguas, mientras que el tema de la superioridad, física y moral, de los nativos frente a los hombres civilizados, está expuesto de forma admirable y llega más lejos, es más nítido, que en la novela de Fenimore. En ese contexto, brilla con energía casi mitológica el precioso personaje de Ojo de Halcón, interpretado por uno de los mejores actores vivos, el británico Daniel Day-Lewis, al que ya hemos dedicado grandes elogios en este blog. Es muy difícil encontrar un actor actual con el atractivo, el carisma en pantalla, y la fuerza de Day-Lewis, que llevaba tres años sin participar en una película, concretamente desde su oscarizado papel en la conmovedora ‘Mi pie izquierdo’ (‘My Left Foot: The Story of Christy Brown’, Jim Sheridan, 1989). Y es imposible no creérselo como el hijo adoptivo del último mohicano. A su lado, la siempre sensual Madeleine Stowe está eestupenda a pesar de lo corto de su papel. Wes Studi, por su parte, es el Magua más feroz que quepa imaginar.


Russell Means, que debutaría en el cine con su papel de Chingachgook, un activista tenaz por los derechos de los nativos americanos, es el perfecto contrapunto a Magua, sin llegar a caer en el falso mito del buen salvaje. Es apasionante el modo en que Mann opone las astucias y destrezas de ambos contendientes, Magua y Chingachgook, en su lucha por alcanzar sus objetivos, en un crescendo que sube más y más hasta el bestial, y catártico clímax final, de un paroxismo sensorial y anímico muy notable. Pero antes hay muchas secuencias completamente hermosas y emocionantes: el largo sitio al fuerte, la melancólica rendición final, la descarnada emboscada en el bosque, la huida con las canoas río abajo, la impresionante secuencia de la cascada con su romántico final. Mann cuenta todo esto a lo grande, a lo Ford, a lo Walsh, completamente enamorado de la historia que está contando y de su oficio de narrador, sabiendo que está rodeado de un magnífico equipo de profesionales, entregándose a la leyenda.


‘El último mohicano’ es, seguramente, una de las películas de aventuras más famosas de los últimos veinte años. Su música ha sido utilizada hasta el hartazgo, sobre todo el tema principal, que no fue creado para la película. En realidad es una versión del tema ‘The Gael’, de Dougie MacLean, incluido en su álbum ‘The Search’. Ahora, la adaptación de ese tema a cargo de Trevor Jones, es uno de los que cualquiera puede identificar a las pocas notas. La película ganó un muy meritorio Oscar al mejor sonido, que es realmente formidable, aunque no optó a ningún premio importante. Era el año de un western mucho más puro, situado más de cien años después de estos acontecimientos, el genial ‘Sin Perdón’ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992). ‘El último mohicano’ conoció bastante éxito y una recepción mayormente positiva, y evidencia que el gran cine de aventuras es todavía posible, dentro de la basura infantiloide que nos llega todos los años. Mi imagen favorita es la de Ojo de Halcón entrando en el poblado Mohawk, recibiendo insultos y golpes por todos lados, pero levantándose y continuando a pesar de todo, para hablar con el jefe Mohawk. Sólo Day-Lewis puede hacer eso y quedar creíble.


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